31 de marzo de 1492.-
Se firma en la Alhambra de Granada el
Decreto de la Alhambra o Edicto de Granada por los reyes recién llamados Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, en el cual se obliga a todos los judíos de la península Ibérica a convertirse al catolicismo o ser expulsados. Por motivos logísticos se extendió este plazo hasta el 2 de agosto a las doce de la noche. Fernando el Católico firmaba otro para el reino de Aragón. Ambos partían de un mismo borrador elaborado por Tomás de Torquemada, inquisidor general en España.
Firma del decreto de expulsión de los judíos, de Emilio Sala.
Los Reyes Católicos no eran en absoluto racistas y contaban en la
administración con judíos que ocupaban puestos de responsabilidad
evidente. La medida, sin duda polémica, debe entenderse desde el
concepto de comunidad, dentro de un contexto de paz reciente y en un
proceso de madurez monárquica. La monarquía dejaba de ser la institución
paternalista de la Edad Media y pasaba a convertirse en una proyección
de sus comunidades. La comunidad castellana, como la gallega, la navarra
o la aragonesa, se definían por su credo y por su ley. En la nueva
monarquía no cabían dos rangos de ciudadanía. Quien no cupiera en la
comunidad establecida, debía marcharse.
Copia sellada del edicto de Granada.
Se sospechaba que muchos judíos profesaban en secreto su antiguo
credo y de ahí surgieron rumores, a menudo improbables y en cualquier
caso muy residuales, de que dichos falsos conversos practicaban rituales
sacrílegos e incluso sacrificios humanos. Verdad o no, los rumores
elevaron el rechazo que ya existía hacia los judíos, cuyos hábitos eran
desconocidos y su modo de enriquecerse a través del préstamo con
interés, considerado un pecado de usura, ofendía al ciudadano común. Con
justicia o sin ella, no cabía duda de que el problema judío quebraba la
paz dentro de la comunidad.
Mapa de la Diáspora judía.
La expulsión se produjo dentro de una tendencia muy establecida en
Europa. Desde el siglo XIII al XVI, fueron muchos los países europeos
que expulsaron a sus judíos. España en 1492 se encuentra en medio de una
serie de 15 expulsiones, siendo precedida por Inglaterra, Francia,
Alemania y muchos otros, y fue sucedida por al menos cinco expulsiones
más. Así que España no constituye una excepción a lo que ha sido una
trágica historia de la vida de los judíos entre los pueblos cristianos.
Joaquín Turina, Expulsión de los judíos de Sevilla.
La expulsión supuso que las sociedades castellana y aragonesa
perdieran a figuras tan ilustres del mundo cultural y científico como Abraham Zacuto (astrónomo y cosmógrafo), Salomón ben Verga (escritor), Isaac Abravanel (consejero de los Reyes y escritor), su hijo León Hebreo además de otros muchos.
Traducciones de la santa Biblia como la Biblia de Alba
o la de Ferrara, que llevaron a muchas otras como la de Reina y Valera o
la inglesa de King James, no pudieron seguir siendo desarrolladas.
Las estimaciones de la cifra total de judíos que salieron de España son muy dispares, pero abarcan desde los 50.000 a los 200.000 individuos. En Aragón
la población hebrea era poco abundante, por lo que la pérdida
demográfica supuso unos 10.000 o 20.000 habitantes. Por el contrario en Castilla eran numerosos.
La expulsión de los judíos supuso una importante pérdida de población en España.
Para los Reyes Católicos la expulsión de los judíos suponía un serio
revés económico. No cabe, pues, la interpretación de la expulsión en
clave económica suponiendo que se cometió una expropiación de bienes. La
medida exigía dos garantías para que hubiera evidencia de que se
perseguía un credo y no una raza. Una fue precisamente la libre
disposición de bienes y la otra, un plazo de cortesía que daba la
oportunidad de acoger el catolicismo y evitar la expulsión. Los Reyes
promovieron esta última y el clero intensificó su predicamento
prometiendo grandes privilegios a los conversos, aunque la mayoría de
los judíos escogió libremente el exilio.
Partida de España.
Los judíos españoles encontraron el Imperio Otomano una segunda patria en la que, aunque sometidos a vejaciones y a una fuerte presión fiscal, la comunidad sefardita se convirtió en el centro donde brillaron los miembros de la familia Nasi.