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domingo, 28 de abril de 2013

Batalla de Ceriñola 1503


 28 de abril de 1503.-


      Se produce la  batalla de Ceriñola enfrentamiento bélico ocurrido entre las tropas francesas y españolas, con victoria de estas últimas, durante la segunda guerra de Nápoles, en lo que hoy es la ciudad de Cerignola (provincia de Foggia, en la Apulia), en aquel entonces una pequeña villa sobre un cerro y protegida por un foso y un talud levantado por las tropas españolas allí acantonadas. Ceriñola marca el inicio de la hegemonía que España impuso en los campos de batalla europeos.



Batalla de Ceriñola.


      Las fuerzas españolas estaban formadas mayoritariamente por infantería, compuesta por arcabuceros, ballesteros, coseletes, y piqueros. En cuanto a la caballería, ésta era llamativamente escasa en comparación con otros ejércitos, y estaba formada por caballería ligera y caballería pesada, haciendo un total de 9.150 hombres y 13 piezas de artillería.  Mandaba las tropas españolas  Gonzalo Fernández de Córdoba, llamado el Gran Capitán.


Soldados españoles en Ceriñola.


      Las fuerzas francesas, mandadas por Luis de Armagnac, conde de Guisa, duque de Nemours y virrey de Nápoles, seguían manteniendo un concepto de batalla casi feudal, con preponderancia de las cargas de caballería pesada, y con un alto número de mercenarios (en este caso suizos), pero, al mismo tiempo, contaban con más artillería que los españoles, en total  9.500 hombres y 26 piezas de artillería. Esta paradoja sería constante en la primera mitad del siglo XVI en todos los ejércitos franceses.


Mercenarios suizos al servicio del rey de Francia.



      El Gran Capitán  colocó en el centro a los piqueros alemanes, y a la izquierda la caballería pesada con Diego García de Paredes. La ligera la colocó delante para atraer a los contrarios. Cuatro piezas de artillería dirigidas por Pedro Navarro las emplazó tras un parapeto levantado expresamente. Pronto iniciaron los franceses el combate, atacando Nemours por su derecha. La carga de caballería se dio de bruces con arcabuceros atrincherados que comenzaron a disparar a discreción. Los jinetes franceses trataron de rodear las trincheras pero seguían recibiendo impactos españoles no solo de los arcabuces, también de la artillería que ahora les tenía a su alcance.



Arcabuceros españoles deteniendo a la caballería francesa.


      La caballería francesa fue diezmada rápidamente y junto a ellos murió su comandante, el Duque de Nemours que recibió tres disparos. Durante la refriega, la artillería española sufrió un fuerte varapalo ya que el se polvorín saltó por los aires. Este suceso, que consternó a los españoles, lo aprovechó Gonzalo para gritarles con entusiasmo: ¡Ánimo, compañeros, esas son las luminarias de la victoria!.
  La infantería francesa entabló combate entonces con las tropas españolas, pero fueron diezmados por el fuego incesante de los arcabuceros. El jefe de los piqueros suizos, Chadieu, cayó también muerto. Cuando la proximidad de la infantería francesa fue demasiado peligrosa para los arcabuceros, el general español les ordenó retirarse a la vez que ordenaba avanzar a los piqueros alemanes, que se enfrentaron en combate cerrado a los suizos y gascones, rechazándolos finalmente.


Arcabuceros españoles.

      El Gran Capitán comprendió que había llegado el momento decisivo de la batalla, por lo que ordenó un ataque general.  La infantería francesa fue rodeada entonces por los ballesteros, arcabuceros, coseletes y por la caballería pesada española, sufriendo un gran número de bajas. La caballería ligera española se lanzó a su vez contra la caballería ligera francesa, al mando de Yves d'Allegre, que se vio obligado a huir. . Los franceses se desbandaron y fueron perseguidos hasta el campamento del que habían salido aquella tarde camino de la batalla. Las tropas francesas ante el tremendo castigo que estaban sufriendo acabaron por rendirse.





El ejército español celebramdo la victoria en Ceriñola.


      Según el cronista Bernáldez, don Tristán de Acuña hizo un recuento de cadáveres por orden del Gran Capitán, y el número resultante ascendió a 3.664, si bien el propio don Tristán reconoció que habría que añadir más de un centenar de muertos más debido a los cadáveres que fueron enterrados sin que él lo supervisara personalmente. Los españoles solo sufrieron menos de cien muertos.



El Gran Capitán recorriendo el campo de batalla.


      Entre los cadáveres se recogió el del duque de Nemours, al que reconocieron por los anillos que lucía en sus dedos. Don Gonzalo se conmovió ante su vista y derramó lágrimas ante él y costeó personálmente las honras fúnebres del Duque de Nemours, cedió brocados, tapices y candelabros de su tienda; el ataud forrado de terciopelo negro fue llevado a hombros por los capitanes españoles, y fue escoltado por cien lanceros, y los clérigos y frailes de toda la comarca, rindiendo con ello honores al enemigo vencido.
Y pagó medio real por cada cuerpo del ejército francés enterrado a los azadoneros de la región.



Gonzalo Fernández de Córdoba reconociendo el cadáver del duque de Namours, cuadro del pintor José Casado del Alisal.

       Esta noticia llegó hasta el Rey francés Luis XII, quien le envió la carta que se ha recogido tambien en el comentario anterior:
"No tengo por afrenta ser vencido por El Grán Capitán de España, porque merece que le de Dios aun lo que no fuese suyo, porque nunca se ha visto ni oido capitán a quien la victoria haga más humilde y piadoso".

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